En esta época del año
en la que las empresas empiezan a presentar los resultados del ejercicio
pasado, no hay día en el que no nos enteremos de cuánto ha ganado el CEO de tal
o cual empresa, y si es más o menos de lo que ganó el año anterior. Me
pregunto: ¿es noticia lo que gana un alto directivo de
una empresa?
Alguien
dirá que es un ejercicio de transparencia, y no le faltará razón. Pero la palabra transparencia tiene
trampa, porque el concepto que tenemos de transparencia nos
lleva a pensar que cuánta más transparencia, mejor. Bien pensado, esa ecuación
no es del toda cierta. Nadie en su sano juicio aboga por una completa
transparencia de todos y ante todos. Curiosamente, ¡si todo fuese cien por cien
transparente, acabaríamos por no ver nada!
Si en vez de
hablar de transparencia, hablamos de “veracidad” la cosa cambia. Vivir la virtud de la veracidad lleva
a “decir la verdad a quien tiene derecho a saberla”. De este modo queda claro que la ponderación de lo que debe
decirse viene determinada por quién va a recibir esa información y el derecho
que tiene a saberla. Yo tengo que ser más o menos transparente
–dejar pasar la verdad– dependiendo de quién es mi interlocutor, del contexto
en el que esa interacción tiene lugar y del derecho que incumbe a la otra
persona a saber algo de mí. Si un desconocido me para por la calle y me
pregunta cuánto dinero tengo en mi cuenta corriente, nadie me acusará de falta
de transparencia si le digo a esa persona que se meta en sus asuntos y no
fisgonee en los míos.
