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viernes, 5 de junio de 2015

¿Transparencia o cotilleo?


En esta época del año en la que las empresas empiezan a presentar los resultados del ejercicio pasado, no hay día en el que no nos enteremos de cuánto ha ganado el CEO de tal o cual empresa, y si es más o menos de lo que ganó el año anterior. Me pregunto: ¿es noticia lo que gana un alto directivo de una empresa?

Alguien dirá que es un ejercicio de transparencia, y no le faltará razón. Pero la palabra transparencia tiene trampa, porque el concepto que tenemos de transparencia nos lleva a pensar que cuánta más transparencia, mejor. Bien pensado, esa ecuación no es del toda cierta. Nadie en su sano juicio aboga por una completa transparencia de todos y ante todos. Curiosamente, ¡si todo fuese cien por cien transparente, acabaríamos por no ver nada!

Si en vez de hablar de transparencia, hablamos de “veracidad” la cosa cambia. Vivir la virtud de la veracidad lleva a “decir la verdad a quien tiene derecho a saberla”. De este modo queda claro que la ponderación de lo que debe decirse viene determinada por quién va a recibir esa información y el derecho que tiene a saberla. Yo tengo que ser más o menos transparente –dejar pasar la verdad– dependiendo de quién es mi interlocutor, del contexto en el que esa interacción tiene lugar y del derecho que incumbe a la otra persona a saber algo de mí. Si un desconocido me para por la calle y me pregunta cuánto dinero tengo en mi cuenta corriente, nadie me acusará de falta de transparencia si le digo a esa persona que se meta en sus asuntos y no fisgonee en los míos.