Hace
ya quince años que se publicó el Manifiesto Cluetrain, dando
comienzo a la gran era del social media, y su terrible declaración: “el
fin de los negocios como los conocemos”. A partir de este momento, empezamos a
escuchar la ya manida frase: “los mercados son conversaciones” que, en un
principio, a muchos nos pareció brillante, disruptiva y el fin real de una era.
Sin duda, supuso el comienzo de una serie de profesiones que surgieron para
gestionar esas conversaciones que las marcas habían decidido escuchar y muchos
vimos cómo podíamos romper con una estanca, aburrida y clasificada vida
profesional marcada por las carreras tradicionales. Entre esas profesiones
estaba la de community manager (CM) y de
esto ya han pasado unos cuantos años, pero los suficientes como para hacer un
análisis y ver si, realmente, llegó el fin de los negocios como los conocíamos.
La fiebre del inicio hizo que se sobrevalorara al community manager desde fuera porque, desde
dentro, era la representación de la innovación y eso suponía cambiar el statu
quo de las empresas, el mecanismo de toma de decisiones, las fuentes a
consultar. Se decía que el CM era la voz de la empresa en las comunidades y la
voz de las comunidades en las empresas pero, desde mi punto de vista, se
limitaba a hacer acciones de marketing tradicional en redes sociales:
promociones, concursos, envío de muestras.







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